miércoles, 14 de mayo de 2014

La pieza en el tablero de ajedrez



En 1997 Zbigniew Brzezinski advertía en su libro The Grand Chessboard que, sin Ucrania, Rusia dejaba de ser un imperio con un pie en Europa. Así subrayaba la importancia estratégica que tiene para Rusia la relación con su vecino, y en particular con Crimea. Ese mandato geopolítico tiene raíces históricas y está fuertemente anclado en la memoria colectiva y en la idiosincrasia rusa. Yendo hacia el pasado, recordemos que la comunidad política que derivaría en la Gran Rusia fue fundada en Kiev. Por eso la capital ucraniana es vista como la madre de las ciudades rusas, y muchos rusos consideran a Ucrania como la cuna de su civilización y de su identidad nacional. Del mismo modo, los mayores triunfos militares de Pedro el Grande, de Catalina la Grande, como así también la Guerra de Crimea tuvieron lugar en el actual territorio ucraniano.

En el caso específico de Crimea, península anexada por el Imperio zarista en 1783, fue una oblast (región) rusa hasta 1954 cuando Kruschev la transfirió desde la República Socialista Federativa Soviética de Rusia a la de Ucrania; haciendo coincidir el acto con los 300 años de la incorporación de Ucrania al Imperio Zarista.


Si bien entonces, el traspaso de una región de una república a otra no implicaba grandes cambios, la pérdida adquirió real magnitud con la desintegración de la Unión Soviética. Por eso desde ese momento distintos líderes rusos cuestionaron la legitimidad de la cesión territorial de Crimea a Ucrania. No solo entre sectores nacionalistas y comunistas, incluso el por entonces alcalde de San Petersburgo, el liberal Anatoly Sobchak, -considerado mentor tanto de Vladimir Putin como de Dmitry Medvedev- adoptó una posición similar. Así, desde los 90s, buena parte de la dirigencia se pronunció a favor del control ruso sobre la península o al menos la protección de los intereses de la población rusa que vive en la misma. Tengamos en cuenta que Crimea está poblada por unos dos millones de personas, de las cuáles el 60% son rusos, el 26% ucranianos y el 12% tártaros, que en general apoyan los intereses de Ucrania. Precisamente, a inicios de los 90s esa población rusa logró la constitución de la República Autónoma de Crimea, y llegó a elegir un presidente, hasta que el gobierno central ucraniano disolvió esa figura, aunque manteniendo la existencia de la República Autónoma. Poco después, en 1997, Yeltsin firmó un acuerdo de amistad y cooperación con Ucrania, reconociendo la integridad territorial de ese país a pesar de las críticas de distintos sectores rusos.




Con la llegada de Putin al poder, Rusia adoptó como meta de la identidad de su política exterior ser reconocida al menos como primus inter pares ante las demás ex repúblicas soviéticas, manteniendo su influencia en el espacio post-soviético y rechazando el intento de otros países o alianzas por dominar esa región. También se propuso recuperar el lugar perdido en el escenario internacional y esa aspiración creciente a la reconstrucción de un poder mundial se tradujo en distintas acciones políticas “imperialistas” en términos de Morgenthau.

Esa idea de una Rusia fuerte, como poder global, ha ido creciendo tanto en el gobierno como en la población. Según datos de Pew Research Center, en 2011, veinte años después del colapso soviético, 48 % de los rusos opinaban que era natural para su país poseer un imperio, mientras que el 33% no coincidía con esa idea, a diferencia de lo que sucedía en 1991 cuando las proporciones eran 37% y 43%, respectivamente.

Para la reconstrucción de esa posición de gran potencia, la relación con Ucrania tiene un valor fundamental. Además de albergar la Flota Rusa del Mar Negro en Sebastopol (un acuerdo reciente permitió su uso hasta 2042 ya que vencía en 2017), alrededor del 17% de su población (8 millones, concentrados especialmente en el sur y el este) son de origen ruso. Por su parte, para Ucrania, Rusia es su principal socio comercial individual y su dependencia de la provisión energética rusa es casi total, de donde importa casi el 90% del petróleo y la mayoría del gas natural que consume. Este tema plantea un dato estratégico adicional: hasta el momento cerca del 80% del gas ruso que se envía a Europa pasa por Ucrania.

Debido a esto, en la última década, la Unión Europea se ha visto varias veces como rehén de las disputas y enfrentamientos entre ambos países, limitando las posibilidades que países como Alemania tienen para presentar una posición más fuerte frente a la intervención rusa en asuntos ucranianos; más allá de algunas sanciones puntuales. En parte por esto el gobierno norteamericano cuenta con pocas opciones disponibles para dar respuesta a este conflicto, frente a una oposición republicana que lo acusa de blando, y mientras otros países del ex bloque soviético también exigen respuestas, buscando evitar ser los siguientes en tener algún tipo de intervención rusa.


Desde los 90s distintos expertos advertían que la continua expansión de la OTAN hacia el este llevaría irremediablemente a una reacción fuerte de Rusia, temerosa de perder su histórica esfera de influencia y de encontrarse rodeada por una suerte de cordón sanitario. La intervención en Georgia (2008) y la presión a Ucrania, para evitar que se incorporen a la OTAN fueron ejemplos claros de esta determinación. En la crisis actual cualquier intento ucraniano por recuperar la península por la fuerza será una excusa para una intervención militar rusa directa, bajo el pretexto de defender los derechos de la población rusa, como ya ocurrió en Georgia. Una opción posible, para evitar un conflicto armado, la secesión de Crimea, o una permanente presencia de fuerzas pro-rusas en ese territorio, sería otorgar más representación a la minoría rusa a través de una mayor presencia en el gobierno nacional ucraniano, dotándolo de mayor legitimidad, además de asegurarles definitivamente ciertos derechos como el uso de la lengua rusa. Los rusos podrían sumarse al acuerdo si concluyen que, ganando Crimea, muy probablemente pierdan definitivamente Ucrania; además de empujar a otros países de la región a aumentar sus vínculos con Occidente y ampliar sus fuerzas militares.

Si se pudiera lograr un impasse hasta las elecciones nacionales del 25 de mayo, tal vez las probabilidades de un compromiso pudieran ser mayores. Pero esto no será fácil e incluso Robert Gates, ex Secretario de Defensa de Bush y Obama (2006-2011) opinó que es muy tarde para prevenir que Crimea sea absorbida por Rusia. Que alguien con su experiencia, y con un Doctorado en Historia Rusa y Soviética, se pronuncie de esa manera, parece vislumbrar un panorama sombrío para los intereses ucranianos.


Pero más allá de Crimea, debe considerarse además que la población rusa es mayoría no sólo en esa península, sino en buena parte del territorio sur-este ucraniano, la zona más industrializada del país, por lo que algún tipo de acuerdo es necesario para mantener la integridad ucraniana o evitar mayores conflictos internos y externos.

Incluso etimológicamente, la palabra “ukraina” significa en eslavo antiguo zona fronteriza, y es lo que parece representar entre Occidente y Rusia. Al mismo tiempo, dadas sus complejidades internas y externas, para Ucrania tener que escoger, en una suerte de todo o nada, entre alguno de los bandos puede tener costos inaceptables en la actual situación.

Con respecto a China, su situación es complicada. Históricamente no ha apoyado secesiones territoriales, o la intervención de fuerzas extranjeras para defender los derechos de minorías, considerando sus propios asuntos políticos internos (los casos del Tíbet, Taiwán, y la minoría musulmana de Xinjiang). Por otro lado, considera que parte del problema ucraniano se debe a la intervención occidental en cuestiones internas de ese país. Todo ello sumado a la cooperación en distintos campos con Rusia, podría conducir a una posición intermedia con cierto respaldo no totalmente explícito hacia la postura rusa, o al menos sin comprometerse con ninguna de las partes hasta ver cómo avanza la situación.

El conflicto está aún lejos de resolverse y en estos días seremos testigos del impacto del referéndum a llevarse a cabo en Crimea. Encontrar un solución que permita satisfacer medianamente tanto a ucranianos, crimeos, rusos y occidentales se torna una tarea compleja pero necesaria. Mover las piezas del tablero apropiadas para evitar un conflicto mayor resulta imprescindible.

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