martes, 16 de diciembre de 2014

El sistema Putin

Vladimir Putin en la reserva natural Ubsunurskaya Kotlovina (RIA Novosti / Reuters)

























Por Pablo Stefanoni*

La reconstrucción del Estado ruso luego del derrumbe de 1991 se inicia con la llegada al poder de Vladimir Putin. Apoyado en la riqueza de los hidrocarburos y en un fuerte liderazgo, logró estabilizar al país tras el desastre que había dejado la salida al capitalismo. Su siguiente misión sería devolverle a Rusia su lugar de gran potencia.


Ellos no quieren humillarnos, ellos quieren someternos, resolver sus problemas a costa nuestra [pero] nadie en la historia pudo lograr esto con Rusia y nadie lo hará nunca” (1). Estas declaraciones de Vladimir Putin expresan el nuevo momento de tensión de las relaciones Rusia-Occidente, posterior a la crisis ucraniana y a la anexión de Crimea (2). Moscú busca volver a ocupar su lugar de gran potencia luego de la catástrofe nacional que significó su disgregación en 1991, y este renacimiento coincide con la era de Putin, un ex espía de la KGB que llegó al poder de la mano de Boris Yeltsin en el año 2000, en su etapa de declive final. El actual apoyo popular al presidente es consistente con sondeos que indican que el 63% de los consultados manifiesta una mala opinión sobre la Unión Europea y el 73% se expresa en el mismo sentido respecto de Estados Unidos (3).

El renacimiento 

El politólogo Dimitri Oreshkin sostiene que luego de acumular recursos políticos y económicos, Putin “mostró su verdadero yo” hacia 2006-2007 (4). La construcción de un liderazgo fuerte estuvo asociada a la subida de los precios del petróleo y del gas, cuya explotación es la base del “renacimiento ruso”. Pero además, el presidente ruso consiguió la estabilización de la élite, el fin de las guerras de clanes de la era Yeltsin y una cierta reposición del poder estatal. Como recuerda el pensador Boris Kagarlitski, el desgraciado destino de los millonarios Vladimir Gusinski, Mijail Jodorkovski y Boris Berezovski (fallecido en 2013) –cuyos negocios abarcaban petróleo, banca, mass media y otros rubros estratégicos– no fue ajeno a esos cambios. Estos tres empresarios integraban el grupo de las personas más influyentes en los años de gobierno de Yeltsin y no quisieron resignar sus posiciones de privilegio en tiempos del nuevo presidente, de modo que fueron socavando la lógica del compromiso general que radicaba en la base del “sistema Putin”. El resultado del enfrentamiento fue previsible: los tres tuvieron que emigrar y Jodorkovski, además, pasó diez años en la cárcel (5).

La construcción de la imagen de Putin tiene como contrapartida numerosas fotos que lo muestran como un líder viril: en una está abrazando a un cachorro de leopardo (un internauta ruso lo comparó con Barack Obama con un caniche en las rodillas, lo que motivó la pregunta “¿en quién confías más como Comandante en Jefe?”); en otra, tomada en 2012, aparece con casco y una bata blanca guiando la migración de cigüeñas desde un ala delta, y en varias se lo puede ver con el torso desnudo y uniforme de fajina. En todas ellas, pese a su metro setenta de estatura, se proyecta como “un grande”. “A algunos escritores y también a la gente común les gusta compararlo con varios zares, desde Iván el Terrible a Nicolás I. Pero no es casual que él clave la vista en Occidente cuando dice que lo suyo se parece en realidad a lo hecho por Franklin D. Roosevelt, el presidente que rescató a Estados Unidos del pozo de la Gran Depresión en la década de 1930”, recuerda la periodista Hinde Pomeraniec en su libro Rusos. Postales de la era Putin (6).

Pero si en los primeros años de gestión la prioridad era interna, en los más recientes Putin ha intensificado su meta de devolverle a Rusia un lugar en el concierto global. “Si anteriormente se ocupaba de alimentar ciertos clanes a cambio de su apoyo, ahora parece tener la sensación de tener una sola misión: reponer el lugar de Rusia en el mundo. Y ya no parece interesarse más que por la política exterior”, explica Oreshkin en una entrevista reciente (7). El analista llama al nuevo sistema económico ruso “burness”, una palabra compuesta de burócrata y business: los funcionarios se dedican a los negocios y/o las empresas “compran” a los funcionarios, y dentro de funcionarios o ex funcionarios un factor clave, en un país como Rusia, son los servicios secretos.

La venganza del capital

Si durante la Nueva Política Económica (NEP), tras la Revolución de 1917, Nicolái Bujarin promovió el lema “Enriquézcanse” entre los campesinos, tras la caída de la URSS no hizo falta un llamado semejante para que la nomenklatura se transformara en burguesía, en un proceso anticipado por León Trotsky en su libro La revolución traicionada de 1937. “Imagínense un pastel dividido en partes iguales pero pequeñas. Eso es el socialismo. Ahora imagínense un enorme pastel dividido en partes desiguales, pero de modo que hasta una pequeña parte del segundo pastel es más grande que una de las partes iguales del primero. Eso es el capitalismo”, rezaba un spot liberal que propagandizaba la transición al capitalismo (8). Personajes como el banquero Boris Jordan vivieron el proceso como una venganza personal: “Lo que mi abuelo no pudo lograr en la época de la guerra civil con el Ejército Blanco contra los comunistas, lo hicimos nosotros expulsando al Estado de las relaciones de propiedad”, confesó en un libro de entrevistas (9).

Dejando ver las facetas conspirativas en el tránsito hacia el “libre mercado”, el propio Putin reconoció en 2013 la presencia de agentes de la Central Intelligence Agency (CIA) entre los ministros reformadores de comienzos de los años 90, sin privarse de señalar que “lo más notable es que cuando regresaron a Estados Unidos [varios de estos agentes] fueron juzgados por haber violado las reglas de su país por su enriquecimiento a costa de las privatizaciones rusas, lo cual no podían hacer como agentes de la CIA” (10). Fue un verdadero saqueo de los recursos públicos en beneficio de nuevas oligarquías, con derrames hacia lo que los rusos llaman “clases creativas”, especialmente de las capitales: Moscú y San Petersburgo, pero para la mayoría constituyó una catástrofe material y también moral.

Si en Europa del Este el comunismo era visto como algo impuesto desde afuera, para Rusia resulta inseparable de su propia historia. Además, como escribió Bruno Groppo, la liberación del orden opresivo en Rusia coincidió con la pérdida de la posición hegemónica del Imperio soviético, y a la postre su desintegración (11). En ese marco, el problema de la visión de los ultraliberales de la era Yeltsin es que transformaron a la historia soviética en un paréntesis, en una suerte de desvío del camino nacional que debía rectificarse recuperando la continuidad con la historia prerrevolucionaria. Pero es precisamente la victoria de 1945 contra el nazismo lo que funda el patriotismo moderno ruso (12). Eso no remite directamente a una supervivencia de los imaginarios soviéticos, pero, claro está, tampoco las separaciones son a menudo tan claras; de ahí la complejidad de la figura de Stalin en la actualidad.

Putin se propuso, con éxito, incorporar esta parte de la historia sin reivindicar el comunismo (considera positivamente a la URSS pero negativamente a Lenin y a la Revolución), de tal forma de construir una “visión positiva” de la historia nacional plasmada en los nuevos manuales escolares. Posiblemente, la mejor síntesis de su visión esté contenida en una de sus frases célebres: “Quien no eche de menos a la Unión Soviética no tiene corazón, quien la quiere de vuelta no tiene cerebro”. En ese marco, el Stalin “positivo” será el jefe de la Gran Guerra Patria, no el líder comunista colectivizador, aunque el presidente no suele mencionarlo explícitamente.

Amigos y enemigos

Quienes sí reivindican –al menos retóricamente– al hombre de acero y el retorno de la URSS, son los miembros del Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR), liderados por Guennadi Ziugánov. En un reciente artículo, el secretario de ideología del Comité Regional de San Petersburgo, Alexéi Bogachev, escribió como respuesta a una opinión crítica del presidente ruso sobre los bolcheviques que “la lucha por las mentes es la principal lucha del momento actual, y estamos obligados a ganarla. Sólo nuestro proyecto, el proyecto del renacimiento ruso soviético, es capaz de salvar a Rusia de ese vacío que se está formando hoy en torno al Kremlin y personalmente alrededor de Vladimir Putin” (13). No obstante, el PCFR es parte del sistema Putin, es decir de los partidos tolerados por el régimen de democracia controlada; por eso algunos de sus críticos lo denominan con ironía “Ministerio de Oposición Roja”.

En efecto, el PCFR no participó orgánicamente de las protestas de 2011 contra el supuesto fraude montado por el gobierno en las elecciones legislativas y contra la corrupción en las altas esferas del Estado. El Occupy Moscú convocó a un heterogéneo frente que iba desde liberales hasta anarquistas, pasando por diversas combinaciones de izquierdas y nacionalismos; entre estas últimas se destaca el Frente de Izquierda, liderado por Serguéi Udaltsov. En esa ocasión, el gobierno fue hábil para oponer la supuesta “gente bien” de las protestas al “pueblo sencillo”, imagen a la que contribuyeron unos liberales adversos a la inclusión de consignas sociales (14).

Una de las expresiones del inconformismo actual –con menos prensa positiva en el exterior, donde tienen más relieve disidencias como las del grupo punk feminista Pussy Riot– son los escritores “nacional-bolcheviques”. Inspirada en la figura de Eduard Limónov (15), esta generación de escritores jóvenes –algunos de ellos premiados– reflejan un complejo procesamiento del trauma de la vergüenza del pasado nacional y buscan representar a la Rusia profunda, pobre y silenciosa, alejada del glamour de las dos capitales. Dispuestos a poblar las cárceles, los nac-bol promueven un patriotismo radical que reclama más “respeto” hacia el pasado soviético. La propia combinación de los términos “nacional” y “bolchevique” habla de complejas y a menudo indescifrables tramas de sentido, en cuya base está el profundo desprecio por los personeros de las reformas liberales de los 90, su cinismo y su “racismo de clase”. Una de las polémicas iniciativas nac-bol fue la publicación, en 2012, de una “Carta a Stalin”, escrita por Zajar Prilepin (39 años), considerado por The Telegraph “un Tolstoi moderno” (16). “¿Stalin maníaco sanguinario? Sí, pero también comandante supremo [y vencedor de los nazis]” dice uno de los párrafos de este escritor, que fue arrestado unas 150 veces. Respondiendo a sus críticos, escribió que sus invectivas se dirigen hacia quienes “convirtieron a Stalin en un monstruo para justificar su propia monstruosidad”. Y aunque en apariencia muchas de sus posiciones son similares –al menos en los discursos– a las lecturas de la historia de Putin, los nacional-bolcheviques están entre sus más enconados enemigos. A tal punto, que Limónov se alió con los liberales en 2009 en contra del gobierno y conformó el grupo Estrategia 31, en referencia al artículo de la Constitución que habilita la libertad de reunión y protesta pacífica, pero no impide los arrestos de manifestantes.

La situación política interna, no obstante, cambió con la crisis de Ucrania y los nacionalistas radicales quedaron objetivamente del mismo lado que el Presidente. Ahora Rusia debe enfrentar sanciones internacionales que afectan a varios de sus empresarios y a la industria petrolera (17). Los “ataques de Occidente” permiten nuevamente decodificar sentimientos en clave de dignidad nacional, algo productivo para Putin, al menos mientras la economía no se sienta verdaderamente afectada.

1. La Nación, Buenos Aires, 18-11-14.
2. Territorio emblemático de la historia rusa, Crimea fue cedida por Nikita Jruschov a Ucrania en 1954, pero en ese momento la decisión no tuvo consecuencias porque seguía dentro de la URSS.
3. Agathe Duparc, “A Moscou, le centre Levada détaille les ressorts de la popularité de Poutine”, Mediapart, 17-10-14.
4. Dimitri Oreshkin, “The wheels have come off the Putin model”, ODR, 26-8-09.
5. Boris Kagarlitski, “El modelo Putin: de la normalización política a la crisis de Ucrania”, Nueva Sociedad, Nº 253, septiembre-octubre de 2014.
6. Hinde Pomeraniec, Rusos. Postales de la era Putin, Tusquets Editores, Buenos Aires, 2009.
7. Agathe Duparc, “Comment fonctionne le régime Poutine, au faîte de sa puissance”, Mediapart, 14-10-14.
8. Ruslan Dzarasov, “Cómo Rusia volvió al capitalismo. El desarrollo del subdesarrollo en sociedades postsoviéticas”, Nueva Sociedad, Nº 253, septiembre-octubre de 2014.
9. Ibid.
10. Monique Slodzian, Les enragés de la jeune littérature russe, La Différence, París, 2014.
11. Bruno Groppo, “Los problemas no resueltos de la memoria rusa”, Nueva Sociedad, Nº 253, septiembre-octubre de 2014.
12. Slodzian, ob. cit.
13. Alexéi Bogachev, “Putin y el vacío. Sobre las declaraciones antibolcheviques del ‘líder nacional’”, La República.es, 12-11-14. El texto fue publicado originalmente en ruso en la página del PCFR y señala que “Stalin habría resuelto hace tiempo la cuestión con ese tipo de parásitos dañinos [actuales]”.
14. Aleksandr Shubin, “Occupy Moscú. Las protestas de 2011-2013 y la izquierda crítica”, Nueva Sociedad, Nº 253, septiembre-octubre de 2014.
15. Emmanuel Carrère, Limónov, Anagrama, Barcelona, 2013.
16. Anna Nemtsova, “Zakhar Prilepin: a modern Leo Tolstoy”, The Thelegraph, 13-4-12.
17. Agathe Duparc, “Comment la Russie s’adapte au régime de sanctions occidentales”, Mediapart, 2-11-14.


* Jefe de Redacción de la revista Nueva Sociedad.

Publicado en: Le Monde Diplomatique edición Cono Sur (diciembre 2014)

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