domingo, 21 de diciembre de 2014

La City: una Polis dentro de Londres

La City de Londres




















Por Gabriel Moreno González

La mayoría de los británicos, y de los españoles que alguna vez han deambulado o deambulan por las calles de Londres, no saben que dentro de la histórica capital de Inglaterra existe otro “Estado”, otra organización jurídico-política completamente diferente, con sus propias leyes y gobernantes, donde el Parlamento de Westminster apenas tiene algo que decir: la City, el Vaticano del dinero y de la banca.

En los casi dos kilómetros cuadrados del centro de Londres que componen la City viven menos de 9.000 personas, pero cada día entran a trabajar más de 350.000, en su inmensa mayoría, en el sector financiero. La City es, por volumen de transacciones, el mayor centro financiero del mundo, y en ella tienen su sede los bancos y aseguradoras más importantes del globo. Pero… ¿por qué se concentran todos en un espacio tan reducido?

La historia de la Square Mile, de la City, está ligada a la historia de Inglaterra y de Londres. De hecho, en su misma existencia es donde encontramos el origen más remoto y antiguo de la capital británica. Como el resto de ciudades, durante la Edad Media la expansión demográfica implicó la superación de los antiguos límites geográficos, de las antiguas murallas, y Londres fue creciendo y olvidándose de su ancestral origen. Sin embargo, esa pequeña milla cuadrada supo conservar un status jurídico diferenciado del resto de la ciudad que había ayudado a expandir. Desde el medievo, los comerciantes y burgueses más adinerados se atrincheraron en la City para alejarse del poder arbitrario del Rey y asegurar así sus recursos, arrebatando una pequeña parcela de autonomía jurídica y política. Y lo consiguieron gracias al propio devenir de la Monarquía inglesa, cuyas debilidades puntuales a lo largo de la Historia eran aprovechadas por los poderes intermedios para consagrar límites a su actuación. El Parlamento inglés, origen de nuestras democracias liberales, fue el gran triunfo de este proceso de limitación del poder real y de la creación de las primeras bases de un sistema democrático parlamentario. Pero a su lado siempre convivió, aunque fuera en el olvido de los grandes hechos y epopeyas de la Historia, la pequeña y adinerada City, conservando sus privilegios medievales en torno a un autogobierno donde, ni el Rey primero, ni el Parlamento después, podían interferir.

Y aunque el Gran Incendio que en 1666 arrasó Londres afectó especialmente a la City, que tuvo que sufrir una completa reconstrucción, dirigida por el arquitecto Christopher Wren, se lograron conservar las antiguas fronteras romanas y, por ende, la antigua organización política autónoma. Así las cosas, la aglomeración de viejas viviendas en la milla, y la proliferación de nuevos barrios en las afueras de la ciudad, hizo que poco a poco, durante fines del XIX y principios del XX, la City fuera acabando en un pésimo estado de abandono, sin apenas población. Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, el gobierno local y autónomo de la milla empezó a derribar viviendas y palacetes seculares para dejar sitio a gigantescos edificios y rascacielos que, a finales de los 70, ya definían el skyline londinense. En ellos, miles de compañías financieras se instalaron y trasladaron sus sedes sociales y sus centros de decisión, hasta convertir la medieval Square Mile en, como decíamos, el mayor distrito financiero del mundo.

La pervivencia de aquella forma medieval de autogobierno y de los privilegios jurídico-políticos en la City, considerados hasta entonces como una más de las rarezas simbólicas de Inglaterra, proporcionaba el marco perfecto en el que el gran capital podía refugiarse no sólo de los impuestos, sino también de las “trabas” legales y regulaciones de todo tipo que desde el Parlamento y la Unión Europea se cernían sobre la actividad financiera. En una de las múltiples y anquilosadas peculiaridades simbólicas del Reino Unido, de la Old England, el sector financiero encontró la oportunidad de oro para atrincherarse de la ley, para aprovechar el autogobierno de la City y dotarse a sí mismo de reglas propias, desde la opacidad y la impunidad fiscal más absolutas.

La milla se gobierna a través de la City of London Corporation, una especie de “Polis” con plena autonomía que posee sus propias reglas “democráticas”. A la cabeza de la Corporación está el Lord Mayor, elegido a través de unas elecciones que a día de hoy parecen más propias de una utopía anarco-capitalista medieval que de un sistema constitucional contemporáneo. Las compañías financieras con sede en la City, agrupadas en la Livery Company, elijen al Lord Mayor y a una pequeña asamblea de notables dependiendo del peso financiero y del número de trabajadores que tiene cada una. A más capital, más votos. Las 9000 personas que viven en la City, agrupadas en una circunscripción diferente, apenas tienen capacidad de influir en las elecciones, pues tras la ponderación de capital-valor del voto, quedan completamente relegadas. “Democracia medieval”, le llaman algunos…pero este sistema no reviste ninguna garantía democrática al olvidarse de los principios más elementales de la democracia (una persona, un voto). Por la estructura política de esta peculiar “polis” financiera de Londres no ha pasado ni el liberalismo, ni la democracia constitucional ni ningún otro movimiento contemporáneo. Es simple y llanamente la materialización de una auténtica plutocracia medieval, donde el dinero, el poder del capital, se canaliza también en el seno de los poderes políticos institucionalizados.

El Lord Mayor, elegido como decimos por los bancos y aseguradoras, es el encargado de gobernar la City, que incluso posee su propia policía. Sin sueldo, siempre ha procedido en las últimas décadas de la gran banca, y tiene como misión principal, además, la de representar los intereses de la milla en el exterior, es decir, los intereses de las compañías financieras fuera de los límites ancestrales de la City. Pero por exterior no se entiende solo el plano de las relaciones internacionales, que también (de hecho, el Lord Mayor se encuentra fuera del Reino Unido más de 100 días al año), sino el de la propia Inglaterra. Este singular gobernante, siempre vestido como si estuviera en un carnaval veneciano del siglo XVIII, al ser el portavoz oficial del mayor centro financiero del mundo, que da trabajo directamente a más de 350.000 personas con un alto poder adquisitivo, se convierte de facto en un lobby en sí mismo, cuya mera presencia en los salones de Westminster hace temblar al Premier y sus ministros. De ahí que, como se viene denunciando desde hace tiempo por la prensa británica, especialmente por The Guardian, en los últimos años los gobiernos ingleses hayan confundido los intereses de la City con los del Reino Unido, y les haya llevado a apartarse de la Unión Europea y de su marco de regulación financiera, que no por laxo deja de existir y de incordiar al gran capital londinense.

A ello hemos de sumarle que en el régimen impositivo de la City apenas aparecen las leyes británicas, por lo que se convierte toda ella en un auténtico paraíso fiscal en pleno corazón de una de las urbes más importantes del mundo y motor de la economía europea. Por si fuera poco, y como ha puesto de manifiesto la exfiscal francesa Eva Joly, auténtico ariete contra los paraísos fiscales, la City, gracias a su opacidad, su falta de regulación y el desconocimiento de la existencia de sus instituciones de autogobierno, se ha convertido también en un paraíso jurídico. Ningún requerimiento judicial de las autoridades de terceros países logra atravesar las enmarañadas madejas legales de la plutocracia medieval de la milla, lo que garantiza una total impunidad, y no sólo fiscal, a las compañías y a los consejos de administración que las dirigen.

Si, haciendo uso de nuestra imaginación jurídica, se aprobara una hipotética Constitución del Reino Unido, una disposición adicional tendría que indicar que la City de Londres permanecería fuera de la autoridad del Parlamento, los votos de la banca contarían más que los de los ciudadanos, y los representantes del autogobierno serían elegidos de entre los adinerados del gremio financiero medieval. Algo impensable para el constitucionalismo y para nuestro horizonte de pensamiento actual sí, pero real, excesivamente real. En el seno de Londres, en el corazón de Europa, pervive una isla jurídico-política gobernada a través de procedimientos medievales plutocráticos por las compañías financieras más poderosas del mundo, protegidas en su autonomía de las regulaciones nacionales e internacionales, de los impuestos y de las decisiones políticas democráticas. Algo más que una milla que a día de hoy se ha convertido en un verdadero Estado del dinero, la opacidad y la acumulación de capital.

Publicado en: thesocialsciencepost.com (16/12/2014)
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La "City" de Londres: economía del siglo XXI, gobierno medieval
















Abraham Zamorano

Como Roma tiene el Vaticano, Londres tiene la City, o casi, porque aunque no es un Estado el Wall Street del Reino Unido es como mínimo una curiosa excentricidad administrativa sobre la que poco manda el Parlamento; que cuenta con su propia policía y en la que de facto gobiernan los bancos gracias a un sistema político con tintes medievales y aires de paraíso fiscal.

En los últimos días, el corazón financiero ha estado en el centro de las noticias luego de que el primer ministro británico, David Cameron, vetara un acuerdo fiscal con el resto de Europa para protegerla. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, al reeaccionar al veto de Cameron, repitió una de las criticas que se le hacen a la City: que es un gran paraíso fiscal en las costas de Europa

Y es que la de Londres es, como apunta el historiador Maurice Glasman, la "historia de dos ciudades": el vibrante y vanguardista centro intelectual y cultural, y la cuasimedieval City de rascacielos de cristal y palacios georgianos. Cada una con su propio alcalde.

La City son casi dos kilómetros cuadrados en el centro de Londres en los que viven 9.000 personas y en los que cada día entran a trabajar 350.000, el 80% en el sector financiero.

Puede que Nueva York sea un centro financiero mayor, pero gran parte del volumen que mueve es estadounidense. Si hablamos de transacciones internacionales, la City es el más grande del mundo.

Y es ahí, donde hace algunos meses, acampan los "indignados" de Londres. Es en su territorio donde cientos de personas protestan contra el capitalismo: precisamente en la milla cuadrada en que tiene su máxima expresión.

Frente a la Catedral de St Paul, los manifestantes denuncian la supuesta avaricia de los financieros. Casi por accidente, su protesta también ha servido como recordatorio del poder político que de hecho tienen las grandes empresas.

No en vano, y sin metáforas, gobiernan la City.

Eso, gracias a un sistema electoral que lejos del "una persona, un voto" reconoce el derecho de sufragio a las empresas bajo el principio de "a más empleados, más votos": hasta nueve trabajadores, uno; con 10 empleados en nómina, dos; y así hasta las de más de 3.500, que tienen 79 votos.

Es más, los 9.000 ciudadanos allí registrados sólo votan en cuatro de los 25 distritos electorales en los que está dividida.

"Democracia medieval"

Ese sistema es algo perfectamente natural para el profesor de la Universidad de Durham (Reino Unido) Ranald Michie, autor de varias obras sobre la City, ya que se trata de un lugar "cuyo electorado es diferente de las ciudades normales".

"Es un centro de negocios más que un sitio donde vive la gente", le dijo Michie a BBC Mundo.

En su momento un diseño institucional adelantado a su tiempo, la City jugó un importante papel histórico como contrapoder a la monarquía. Sus particularidades son "inmemoriales", aunque hay quien asegura que datan de Guillermo el Conquistador, normando que se hizo con el trono de Inglaterra en 1066.

Desde entonces, la City ha disfrutado de una serie de privilegios que se acrecentaron cuando la zona no se vio afectada por el Acta de Corporaciones Municipales de 1835 ni por las que después vinieron, tampoco la que puso fin al voto corporativo en 1969.

Es decir, sus instituciones políticas y forma de gobierno continúan marcadas por lo que fueron históricamente. Y sus rituales y boato no le van a la zaga. No en vano, presume de que su asamblea es la "abuela" de los parlamentos actuales".

Como apunta el historiador Maurice Glasman, algo que yace en tiempos inmemoriales: "entonces están fuera del alcance de la ley". "La City actúa como un Estado dentro del Estado", afirma.

Un ejemplo es el "Espectáculo del Lord Major", un desfile anual en el que celebran el nombramiento de un nuevo alcalde, que pasea en el desfile en una carroza de oro de más de dos siglos y medio de antigüedad.

El Lord Mayor jura lealtad a la Corona y la Corte Suprema. Todo lleno de simbolismos. Uno de los momentos más esperados es cuando la reina tiene que pedir permiso al alcalde para entrar en la milla cuadrada. Para unos mero ritual, para otros una demostración de poder.

Rico y apolítico

Para ser Lord Mayor conviene ser rico. Se trata de un cargo "apolítico" por el que no se cobra y que se dedica, entre otras cosas, a viajar por el mundo representando los intereses de la City.

Según informa la propia Corporación, en su año de mandato pasa unos 90 días en diferentes países del mundo, y se espera que ponga de sus propios recursos para sufragar los gastos.

La Corporación también señala que el Lord Mayor goza en el exterior de tratamiento de ministro y su labor consiste en "abrir puertas a los más altos niveles" para las empresas de la City y "expandir los valores de la liberalización".

Esto, según el periodista e investigador Nicholas Shaxon, lo convierte en una municipalidad única que además de gobernar se dedica a "promover los servicios financieros de la City y la libertad financiera y la liberalización, y eso son batallas que libra alrededor del mundo".

"La Corporación es uno de los más podersos jugadores, si no el que más, a favor de la desregulación financiera", escribió Shaxon en Treasure Islands (Las islas del Tesoro).

Según Michie, aunque efectivamente el Lord Mayor sea un cabildero, eso es "algo en lo que no es diferente de cualquier otro diputado o alcalde, que hacen presión por un determinado lugar o grupo".

"El Lord Mayor hace presión a favor de todo el sector financiero no sólo por la City", le dijo Michie a BBC Mundo.

Según escribió Ewen Green, en su revisión de la historia de la City entre 1880 y 1960, el trabajo del Lord Mayor era fundamentalmente conseguir que "las prioridades del sector bancario se trasladaran a prioridades del gobierno".

"El efecto era que el gobierno siempre ha tendido a identificar los intereses de la City con el interés nacional", señaló Philip Williamson, profesor de la Universidad de Durham.

Según asegra George Monbiot, columnista del diario británico The Guardian, el Lord Mayor en realidad se dedica a defender lo que los banqueros llaman "desregulación" de los mercados financieros, "el proceso que causó la crisis".

"Dispone de una enorme cantidad de dinero que puede gastar como quiera, sin supervisión democrática. Además de expandir su enorme cartera de propiedades, usa ese dinero para constituirse en grupo de presión de los intereses de la banca", opina Monbiot.

El articulista apunta que uno de los problemas de que el Reino Unido se animara a aprobar una Constitución escrita estaría en las cosas que habría que dejar por escrito respecto a la City.

"La City de Londres permanecerá fuera de la autoridad del Parlamento. La banca podrá votar como si fueran ciudadanos y sus votos pesarán más que lo de las personas. Los representantes serán elegidos de entre aquellos considerados aceptables por gremios medievales…", tendría que decir una hipotética Carta Magna.

¿Paraíso fiscal?

Los principales historiadores británicos coinciden en que se trata de un territorio cuya definición "desafía una generalización sencilla".

Eva Joly, magistrada francesa de origen noruego que ahora forma parte del Partido Verde y que se hizo famosa por sus investigaciones sobre paraísos fiscales, ha sido una de las más prominentes críticas del distrito financiero londinense.

"La City de Londres, ese Estado dentro de un Estado, nunca ha ofrecido ni la más pequeña pieza de prueba útil a un magistrado extranjero", escribió Joly en su libro Notre affaire à tous, algo así como "Un asunto de todos".

Según Tom Nairn, uno de los más prominentes teóricos del nacionalismo británico, la apuesta por convertir la City en un centro financiero llegó con la caída definitiva del Imperio británico.

"Cada vez menos competitivo en el marco de la nueva economía mundial, la élite gobernante buscó compensar su pérdida del control del mercado mundial del dinero construyendo un centro financiero en el corazón de Londres", escribió Nairn en The Break-up Britain.

"Una parte de la capital de Inglaterra fue en efecto convertida en un paraíso fiscal del capitalismo internacional, con una considerable independencia del menguante capitalismo nacional".

"Las instituciones de la City monopolizaron los enormes talentos y energías de la clase empresarial. Además, ejercieron una hegemonía virtual sobre el Estado en virtud de la solidaridad de la élite social tan fuertemente enraizada en la sociedad civil inglesa".

No coincide en que se pueda calificar sin matices de paraíso fiscal Ronen Palan, profesor de Economía Política Internacional de la Universidad de Birmingham y experto en paraísos fiscales.

"Londres no es un paraíso fiscal, es un centro en el que muchos esquemas impositivos operan. Hablar de la City como una entidad aislada es un error, Londres trabaja muy cerca de sitios como las islas Caimán, el cuarto centro financiero del mundo, y otros", le dijo Palan a BBC Mundo.

"Lo que pasa es que muchas empresas trabajan en Londres pero están registradas en otra parte. En sentido estricto, no es un paraíso fiscal, es un centro financiero muy desrregulado".

Coautor de "Paraísos fiscales, cómo funciona de verdad la globalización", Palan señala que el éxito de la City es precisamente esa condición de ser un centro desrregulado.

Pero es el periodista Shaxon el que se ha convertido en uno de los azotes de la City gracias a su libro, casi lectura de cabecera de quienes protestan frente a St Paul.

Al también investigador de la Chatham House no le cabe duda de que estamos hablando de un paraíso fiscal en el corazón de Londres.

"La City es un paraíso fiscal (…). Sigo perplejo con el hecho de que esto siga pasando por debajo del radar", dijo Shaxon en su entrevista para el documental 97% Owned, del director Michael Oswald.
Shaxon coincide en su libro en que el Reino Unido cuenta con una red de paraísos fiscales formada por los territorios vinculados a su pasado imperial. Todos con autonomía política pero todavía vinculadas a la metrópolis sobre todo en lo económico y que sirven para atraer capitales que acaban alimentando a la City.

"Son como una tela de araña. Sólo la Isla de Jersey fue la principal fuente de depósitos bancarios de la City durante la crisis. Son billones de dólares".

Publicado en: BBC Mundo (14/12/2011)

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