martes, 17 de febrero de 2015

La verdadera guerra de Ucrania: la guerra por la identidad

El mapa muestra la división lingüística y cultural entre el oeste y el este de Ucrania






















Preámbulo: Artículo de Nicolai N. Petro para el panel “Rusia en el contexto global”, celebrado en la Universidad de Nueva York en el que el profesor de ciencia política en la Universidad de Rhode Island analiza el papel de la identidad en la crisis ucraniana y las posibilidades de superar dicha crisis. La eliminación de toda simbología soviética, base de la cultura de una parte del país, la ucranización, la demonización de todo lo ruso y la insistencia de la clase política en que todo el país desea un Estado unitario muestra que el nuevo Gobierno ucraniano está dispuesto a imponer la cultura de la mayoría sobre una minoría de habla rusa cuyos derechos no parecen importar en absoluto.

Estoy bastante de acuerdo con Jack Matlock, primer embajador de Estados Unidos en Rusia, con Tony Brenton, primer embajador británico en Rusia, con Chris Westdal, antiguo embajador de Canadá en Rusia y Ucrania, con los antiguos cancilleres alemanes  Gerhard Schroeder y Helmut Schmidt y con Vaclav Klaus, antiguo presidente de la República Checa.

El conflicto de Ucrania es un conflicto entre dos comunidades autóctonas que tienen muy diferentes ideas de lo que significa ser ucraniano. Es una guerra por la identidad ucraniana.

Para las regiones más occidentales de Ucrania, Galicia, ser ucraniano significa reprimir la cultura rusa para que la cultura ucraniana florezca en su lugar. Allí, es común referirse a la creación de una Ucrania como antítesis a Rusia como una “elección de civilización” en favor de Europa.

Para las ocho regiones de habla rusa del sur y el este de Ucrania (esas que yo llamo la otra Ucrania), ser ucraniano significa ser una nación distinta que sigue estando muy cerca de Rusia. Estos ucranianos no desean unirse a Rusia, pero tampoco desean que se les obligue a renunciar a su cultura rusa para ser considerados leales ucranianos. No aceptan la idea de que haya que elegir una civilización, pero forzados a elegir, preferían una Ucrania aliada con Rusia antes que a Ucrania en la OTAN o en la UE. Prefieren a Rusia con un margen de 2:1.

Así que, en su base, este conflicto es sobre si Ucrania debería ser una nación mono cultural o pluricultural y la paz es improbable hasta que los políticos ucranianos lleguen a un acuerdo con la realidad cultural del país.


¿Por qué ahora?

Durante más de dos décadas, estas dos versiones de identidad nacional se las han arreglado para mantener una tensa coexistencia, alternando presidencias entre ellas y estorbando el funcionamiento del parlamento para evitar que la otra parte implementara en su totalidad su agenda política. Este atasco ha hecho imposibles las reformas, es verdad, pero también ha sido la vía para evitar una guerra civil en Ucrania, algo que muchos veían inevitable en caso de que una de las partes dominara completamente a la otra y convirtiera su definición de la identidad ucraniana en una prueba de lealtad a la patria.

Esto es lo que muchos ucranianos opinan que ocurrió el 22 de febrero de 2014. El derrocamiento de Yanukovich fue entendido como la ruptura de ese delicado equilibrio político entre Galicia y Donbass y, por lo tanto, una amenaza directa a los intereses de los ucranianos de habla rusa. Dos tercios de los residentes de Donbass encuestados a principios de mayo respondieron que veían Maidan como un “golpe de Estado armado organizado por la oposición con ayuda de Occidente”. El mismo día, tres mil oficiales locales de las regiones del sur y el este se reunieron en Kharkov y votaron asumir el control político de las regiones hasta que se reinstaurara el “orden constitucional” en Kiev.

En Crimea, el parlamento regional fue un paso más allá y buscó compensación por viejos agravios, la derogación de su constitución de 1992, llamando a un referéndum para exigir mayor autonomía dentro de Ucrania. Kiev respondió destituyendo al ministro de Defensa y poniendo al ejército bajo comando directo del nuevo presidente en funciones, Oleksandr Turchynov, que inmediatamente trató de reemplazar a los comandos militares y fuerzas de seguridad en Crimea.

Las autoridades de Crimea solicitaron asistencia a la flota del Mar Negro rusa, estacionada en Crimea, para mantener la seguridad. Alegando la amenaza a los ciudadanos rusos, personal militar y compatriotas en Crimea, el presidente Putin recibió autorización para enviar tropas a Ucrania. Una semana después, el referéndum de Crimea fue adelantado y se cambió la cuestión de la autonomía por la de la secesión con la intención de unirse a Rusia. El resto es historia.

Entonces comenzó a desarrollarse un escenario similar en Donbass, con una respuesta muy diferente por parte de Rusia.

Primero, Rusia se distancia de los rebeldes y se opone al referéndum por una mayor autonomía, que se celebra igualmente.

Segundo, tras los ejercicios militares de febrero, Rusia anuncia el retorno de sus tropas a sus bases a finales de abril, cuando ya había comenzado la campaña militar de Kiev en el este.

Finalmente, tras la elección de Poroshenko, y cuando la campaña militar ucraniana se extendía, Putin solicitó al parlamento que se revocara su autoridad para enviar tropas a Ucrania.

Por estos motivos, pienso que no hay una estrategia rusa que busque desestabilizar Ucrania. Rusia ya carga con medio millón de refugiados. Una mayor inestabilidad solo produciría el colapso económico, un estado fallido y millones de refugiados. Lo que desea, en mi opinión, es una Ucrania estable capaz de pagar los $30.000 millones que debe a Rusia en deuda privada, corporativa y del Gobierno.

Pero Rusia no está para nada de acuerdo con Occidente en la forma en que esto debe conseguirse.

Occidente no está en absoluto preocupado por cómo las diferencias culturales afectan la política ucraniana y simplemente asume que si se reduce la corrupción, la economía crecerá y las divisiones culturales simplemente desaparecerán. Rusia, por su parte, ve Ucrania como una sociedad culturalmente fragmentada. La corrupción alimenta esa fragmentación, lo que lleva al estancamiento político. La paz y la estabilidad, por lo tanto, requieren la legitimación de esas diferencias culturales.

Esto difiere ligeramente de la idea con la que empezaba, que la paz y la estabilidad dependen de que la política acepte la realidad cultural del país. Hay dos maneras de hacerlo. La primera es forjar una Ucrania pluricultural en la que se garantice a las minorías igualdad de derechos dentro del marco de la identidad política ucraniana. Esta es la opción preferida por Rusia y por las comunidades de habla rusa. La segunda opción es forjar una cultura homogénea en la que se asigne a las minorías un estatus subordinado y que no tengan poder político para cambiarlo.

El presidente Poroshenko y la mayor parte del nuevo parlamento ucraniano han rechazado la opción pluricultural. Debido a los hechos ocurridos este año, la opción de homogeneidad cultural ha vuelto a coger fuerza. Los motivos son obvios: hay ahora 6 millones de ciudadanos de habla rusa bajo control del Gobierno ucraniano. Esto supone una reducción del 28% de población de habla rusa en Ucrania (sin tener en cuenta a los refugiados). Además, a raíz del conflicto militar, limitado a zonas de habla rusa, ha hecho perder a la Ucrania de habla rusa un 43% de su PIB y un 46% de su capacidad de exportación. Estas regiones, antaño dominantes, ya no tienen la riqueza ni la influencia política para hacer virar la política a su favor.

Las últimas elecciones parlamentarias demostraron la nueva correlación de fuerzas. La pérdida de población en Donbass y en Crimea, combinado con un descenso del 17% en la participación en las zonas de habla rusa y un 3% de aumento en las tres regiones de Galicia, resultaron en que un 90% de los asientos fueran a partidos que abogan por la supremacía cultural ucraniana. Si la opción de homogeneidad cultural funcionará o no en Ucrania, dependerá de cómo se trate a la minoría de habla rusa, que en cualquier escenario, seguirá suponiendo un tercio de la población del país.

Muchos intelectuales prominentes han advertido que la población de habla rusa tendrá que ser reeducada para apreciar debidamente su identidad ucraniana antes reprimida, un proceso que la profesora de la Universidad de Donetsk Elena Styazhkina llama “colonización pasiva positiva.” Pero para conseguir esto, Kiev tendrá que imponer nuevas élites políticas y económicas en la región, de la misma forma que lo hizo el Norte en el Sur tras las la guerra civil americana. De hecho, los acuerdos parlamentarios firmados el 21 de noviembre contienen, como uno de sus puntos clave, la reestructuración de los distritos militares para garantizar “una presencia militar permanente en el Este.”

Y así, igual que Estados Unidos hizo con el sur, la subordinación institucionalizada de la minoría podría crear una subcultura de resentimiento contra “los ocupantes” que resulte en una democracia iliberal.

¿Y ahora, qué?

Nuestra actual actitud hacia Ucrania me recuerda al Juicio de Solomon, solo que, en lugar de actuar como una madre que trata de salvar a su hijo, Occidente y Rusia son como la mujer que preferiría ver a su hijo muerto antes que dejar que el otro lado lo tenga. En realidad, nuestro interés por Ucrania es doble. Primero, hay que lograr una Ucrania viable. Después, hay que conseguir que deje de ser una fuente de conflicto entre Occidente y Rusia.

La mejor opción para salvar Ucrania en sus actuales fronteras sería la reconstrucción de un programa que fuera más allá de la imaginación de George C. Marshall. Un programa de tal magnitud necesitaría a Rusia, la Unión Europea, Estados Unidos y otras organizaciones internacionales y requeriría que trabajaran de forma conjunta durante un largo periodo. Por desgracia, un programa así no es viable, principalmente porque se vería obligado a admitir algo que es obvio: la importancia de Rusia a la hora de preservar el orden mundial, lo que muchos hoy en día entendería como “un premio a Rusia”, en lugar de como uso del sentido común.

Sospecho que acabaremos pagando por nuestra falta de visión a largo plazo. Me vienen a la cabeza dos consecuencias posibles. La primera es la desaparición de Ucrania como la conocemos, con un país que se desintegra en esas esferas de influencia contra las que los líderes políticos dicen estar luchando. La segunda es el gran giro a Asia, con el que Rusia abrazaría su hasta ahora menospreciado patrimonio asiático. Hay una larga lista de analistas geoestratégicos que advierten a los líderes de Occidente que han de prevenir a toda costa este giro a base de ligar los intereses de Rusia a los de Europa. Muchos recordarán la célebre frase de Mikhail Lomonosov: “El Océano Ártico y Siberia están destinados a magnificar el poder de Rusia”. De seguir este curso, temo que el legado de Occidente en el siglo XXI consiga hacer cumplir este destino.

Publicado en: Slavyangrad.es (12/01/2015)

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